miércoles, 30 de noviembre de 2016

Los bellos eternos

Están en cualquier lugar,
tienen diferentes formas,
y no sabes cómo
pero siempre los vas a reconocer.

Se parecerán uno al otro,
aunque no sepas en qué
te harán suspirar
y querrás mirarlos siempre.

No todos se quedan en tu pupila,
porque son suspiros,
porque son efímeros,
y se van
y jamás los vuelves a ver.

Los bellos eternos son para mirarse,
para atravesarte el alma,
para alterar un par de segundos del día
y luego irse.

Jamás te atrevas a acercarte a uno,
porque no pertenecen aquí,
y nunca van a encajar sus manos con las tuyas,
son eternos,
son efímeros.
Jamás te atrevas a hablar con ellos,
a mirarlos de cerca,
a conocerlos,
porque te harán daño.

Los bellos eternos siempre
siempre
siempre
siempre
siempre
siempre
siempre
siempre
te harán daño.

Así que déjalos pasar,
admíralos,
inundate de su esencia,
de su voz o de sus palabras,
y luego olvídalo.

Verás muchos todo el tiempo,
a veces todos los días en el mismo lugar,
a veces también te mirarán,
estarán y estarán,
te harán sentir mariposas,
ganas de amarlos,
te harán querer ser eterna con ellos

pero tú no puedes aspirar a la eternidad
porque eres mortal.
Y los mortales jamás
jamás
jamás
deberían dejarse hacer
tanto daño.

miércoles, 9 de noviembre de 2016

-

La bruja se ha casado con el prestidigitador.

Bichitos azules

Los enfermos se recuerdan constantemente,
aunque estén lejos del otro y algo les duela.
Se encuentran en las calles bajo nombres diferentes
y se besan las manos en la forma de bichitos azules.

lunes, 7 de noviembre de 2016

El mejor refugio del mundo

Sé que puedo 
salvarnos,
ocultarnos 
en el mejor refugio del mundo.

Puedo construirlo 
en un día.

Arreglarlo,
colgarle cortinas,
pintarle el techo,
tejernos mantas
y guardarnos
en ellas.

Puedo
encender el fuego,
preparar té,
hacernos 
una cama.

Sé que puedo cuidarnos,
construir 
el mejor refugio del mundo,
y dormir en invierno a tu lado.

Puedo poner 
flores en todas partes,
y una alfombra
para andar descalzos.

Puedo hacernos
un espacio en la tierra,
encender el fuego,
las cortinas,
el techo,
y las mantas.

Sé que puedo 
incendiar el mejor refugio del mundo
cada columna,
muro,
lámpara,
hasta los cimientos.

Y entonces,
sólo entonces,
salvarnos.


domingo, 2 de octubre de 2016

Vacío

I

En la oscuridad todas las caras son parecidas,
y me recuerdo al vacío de una casa sin muebles,
ecos retorcidos, pintura fresca,
yo primera y la inexistencia,

somos implantes,
carencias.

No existo.
No existo.
No existo.

II

En la oscuridad somos mejores defectos,
y puedo verle a los ojos en cualquier mundo,
espejos traslucidos, luz amarilla,
yo primera extirpándome los huecos,

Yo y el amor complejo
calados de noche
somos vacío,
dedos rotos,
ridículo
y todas las caras irreconocibles,

y no existo.

III

No existo.
No existo.
No existimos.

En la oscuridad
somos humanos de dieciséis segundos,
astros inútiles,
trastos.
Me recuerdo completamente a la nada
y quererle se parece más
al sonido del abismo océano.


El reino de las personas basura

Era una vez un reino maldito por la miseria, lleno de personas basura que querían, por alguna extraña razón, convertirse en héroes. “Los héroes no matan por placer” les dijo una vez un dragón, cuando supo de sus anhelos. Entonces las personas, sin más, decidieron matar al dragón, prometiéndose antes no sentir placer alguno al hacerlo.

lunes, 26 de septiembre de 2016

Los abominables

Después de tanto tiempo, los seres más inmensos del mundo se dijeron por fin que se amaban con todo su ser, y se sintieron tan pequeños cuando nada pasó después. Se hubieran entrelazado las bocas, besado las manos y acariciado los ojos infinitos durante un millón de eternidades, y a partir de ese momento hubiera nacido el universo. Pero nada pasó.

Nunca la ausencia de cuerpo los había hecho tan abominables.

miércoles, 14 de septiembre de 2016

A veces te

Amigo, a veces nos extraño

vueltos luciérnagas
en la oscuridad de las sábanas
cargando nuestras manos nerviosas
encontrados a una luna de distancia,
sabiéndonos estrellas.

Teniéndonos
enfermos de estar no teniéndonos.

Amor, a veces te amo
microscópicamente, hasta el infinito y
obligado, a veces, a extrañarnos.


sábado, 10 de septiembre de 2016

Luz pura

El eterno se crea a la mitad del invierno, encerrado en una habitación con la más inmensa soledad. Se queda en cama uno o diez días, mientras le crece la barba y hasta que una mañana la luz del sol entra por la ventana, lo suficientemente espléndida como para despertarle, blanca como no la hay en ninguna otra estación.

Le toca la piel, los ojos, las uñas, y lo desnuda completamente. Las sábanas se resbalan como agua, mientras despacio, sujeto por el vacío desde la pelvis, su cuerpo se despide de la gravedad y flota en el aire a la mitad de una habitación vacía, intentando respirar. 

Ahí arriba todo es diferente: las extremidades colgando con la gracia que jamás un mortal podría andar, la belleza expuesta por primera vez en una vida, el infinito silencio.

Por dentro, los pulmones se comprimen, el corazón se acelera, su garganta seca se abre y se cierra como la de un pez fuera del agua y todos los músculos del cuerpo duelen como si se quemaran. Ahí arriba el cuerpo agoniza y se desprende del ser humano, casi sin violencia, casi con delicadeza.

El eterno se crea a la mitad del invierno, se bebe el más lento de los venenos y, soñando con que siempre ha podido volar, regresa a la forma de la luz pura.

martes, 6 de septiembre de 2016

Un cuchillo en la boca
me alcanza las viseras,
corrompe
al amor imaginario
y acaricia
el umbral de nuestro único ser
entre la redención 
y el exterminio.

domingo, 4 de septiembre de 2016

Era una vez una estalagmita y una estalactita que estaban irremediablemente enamoradas, así que esperaron un millón de años para poder tocarse.

jueves, 1 de septiembre de 2016

Dos destruimos la ciudad con fuego. Nos besamos después
para destruirnos con algo peor.

domingo, 28 de agosto de 2016

Hiperposibles

Termínome en tus manos
de humo,
completa
principio mío,
interrible,
colecciono te
hasta la sintomatía
del amor complejo. 

Créome inexplicable,
inexistente,
de ti terminante
principio,
desgarrándote
hiperbesándote,
e indivisibles,
nos
sintetizamos.

Hacemos nos,
entrañas,
sinfinal mío,
antitangible.

Nos habemos
tan imposibles,
tan híperposibles.

Somos
hasta la corrupción 
completamente nuestros.


martes, 23 de agosto de 2016

Nos somos

Respirábamos
azules todos,
y yo pensándote,
en cada parte, 
de la boca al ombligo,
del ombligo al alma,
del alma al tacto,
del tacto al verso,
como me eres.

Y yo
del silencio vulgar,
azul toda,
fingiendo que no te pensaba,
que estoy
del verso a la nada, 
cuando de la nada al verso, 
del verso a tu boca
y de tu boca al sol
te soy.



jueves, 18 de agosto de 2016

Nada

Hubo una vez en la que me descuidé las clavículas y éstas desaparecieron.
Me crecieron ramitas en su lugar, y de las ramitas salían flores, y de las flores, que parecían las más bonitas del mundo, naciéronme frutas atroces.
Olían a nada, sabían a nada, se sentían como nada, pero mordían. Me sacaron sangre muchas veces, de la cara y las manos, y no sabía como quitármelas de encima.
Me dolía siempre: toda esa nada comiéndome la piel hasta dejarme desnuda, en los huesos, y luego hueca. Luego hecha de nada.

Hubo una vez en la que me descuidé las clavículas y me convertí en nada, y no quiero siquiera imaginar lo que hubiera podido ocurrirme de haber descuidado los huesos de las caderas.


sábado, 13 de agosto de 2016

Un ángel descompuesto

Los dedos de Elba le despertaron, recorriéndole la cara tímidamente: ojos, sienes, mejillas y boca. Como besos.
—Ángel, luces como un muerto —Susurró dolida.
El ángel abrió los ojos, encontró los de Elba, se encontró en ellos pálido y tembloroso. "Los muertos no tiemblan" quiso decirle, "no estoy muerto". Pero estaba descompuesto y no le quedaba suficiente voz. Quería sonreírle, confortarla.
Quería, pero él era sólo un ángel.
Elba encontró en los ojos del ángel lágrimas y monstruos, como los de un vivo. Quería salvarlo, y también, secretamente, quería ponerle un beso en la piel. En vez de eso, pensando que era lo único que podía hacer y olvidándose por varios eternos segundos de que él era un ángel, se inclinó sobre su cuerpo frágil y arrodillado, para rodearle la espalda con los brazos.
Sintió el calor de su aliento en el cabello, el peso de su barbilla contra su hombro, el tacto suave de su piel desnuda... Las alas.
—Ángel, tus alas...
Las alas, viejas, ennegrecidas por la herrumbre, se cayeron pluma a pluma sobre el pavimento y sonaron huecas como campanillas. Elba se estremeció. 
"No estoy muerto" quiso el ángel decirle al oído, "soy como un vivo". 
Quiso, pero él no era nada más.
Y como el sol al atardecer ambos se hicieron calor antes de desaparecer para dejarse oscuridad, se estrujaron el alma, se enfermaron. El ángel se detuvo en pedazos, parte por parte, engranaje por engranaje. Después de varios eternos segundos ella sintió por fin el peso completo recargado en su cuerpo, el peso desprovisto de alma de la maquinaria metálica, oxidada. Pero no lo soltó, ni cuando sus brazos se entumecieron, ni cuando la lluvia le borró las lágrimas de la cara, ni cuando descubrió en el agua del suelo que sus manos estaban sangrando. Jamás lo soltó.
Y nunca nadie como ella se hizo tanto daño por olvidarse de que había estado abrazando sólo a un ángel. Un ángel descompuesto y nada más.


viernes, 12 de agosto de 2016

Te erizas
me encuentro y
donde tu lengua brilla
sabemos
que no.
No nos hemos quedado.

-

Me sabe la boca a barro,
regreso a casa temblando,
otra sangre que me quema las rodillas
otros besos
se retuercen debajo del colchón.

martes, 9 de agosto de 2016

Alimañas

Éramos un par de perfectos ataúdes
de madera reluciente,
cubiertos de flores
y de huellas dactilares.

Éramos un par de perfectos ataúdes
acojinados, incómodos,
llenos de carne sacada del congelador.

Éramos un par de perfectos ataúdes
de espectros,
sin alma,
con los huecos rellenos de oro.

Éramos un par de perfectos ataúdes
hasta que me llené de arañas,
gusanos,
paja,
y me arrojaron al pantano por las asas plateadas.

Éramos un par de perfectos ataúdes,
y dejamos de ser cuando me oxidé,
me cubrí de bichos, de moho, 
de pájaros carnívoros,
de peces.

Éramos un par de perfectos ataúdes,
pero me hice añicos en el agua,
me hice entera,
caótica,
viviente,
me hice balsa de alimañas.


lunes, 25 de julio de 2016

domingo, 24 de julio de 2016

El hombre sin alma y su pez imaginario

Fue al cirujano con su única moneda, y mientras se desangraba de hombro a hombro le pidió: "un alma vieja, por favor, que la mía se ha hecho pedazos". El cirujano le dijo que de necesitar un alma vieja habría llevado más de una moneda. "Lo que sea, lo que sea. Con una nueva tendré". Y el cirujano sacó de su cajón un alma nueva, delgadita y brillante, y tan frágil a la vista. "Se romperá de nuevo, no vale la pena". "Yo la cuidaré bien". El cirujano aceptó, y le quitó los pedazos y la sangre, y le puso el alma nueva en su lugar. Lo dejó dormir hasta que se recuperó. 

Cuando se sintió bien con su alma nueva quizo volver a casa, pero a mitad del camino sintió frío en los huesos y recordó "no he traído ninguna manta". Como iba andando no se pudo resguardar, y a las pocas horas enfermó. "Sólo es un resfriado, nada le va a pasar" dijo el doctor. Le recetó escribir un poema, o dos, o los que le vinieran a la cabeza, y eso fue lo que hizo. Pero como tenía un alma nueva y no sabía sobre qué escribir, se inventó lo que no existía y le escribió como loco. A la luz de una vela imaginaria, a una enfermedad imaginaria, a un pez imaginario, un amigo imaginario, al amor imaginario... 

Fue el pez imaginario el que le rompió de nuevo el alma, y le hizo pensar que estaba bien, porque los peces nadan y él podía nadar hasta con el cirujano. Hubiera ido nadando, se hubiera hecho amigo del pez y por una vez sería completamente real. Pero no, esta vez no tenía siquiera una moneda para intentar reparar el daño, sólo un montón de poemas falsos que nadie iba nunca iba a leer.

jueves, 21 de julio de 2016

Etérea

De ironía tengo llenas 
las manos,
y las hundo en mi cuerpo animal,

y con ellas me creo 
un universo
un atajo, un quejido abismal.

Mítico,
resuelto
encuentro en la madrugada.

De ironía tengo llenas
las manos,
e ironía me compone

ahogada
de trucos baratos,

incrustada 
en el hipotético celestial.

lunes, 18 de julio de 2016

R o j a

desnuda,
roja.
vestidos largos,
vestidos cortos.

llagas en las manos,
sangre bajo la ropa,
cabello largo,
cabello corto.

cabello enredado.

maniática,
plena.

plegarias largas,
plegarias cortas,
pulso sobre una daga,
veneno en la sopa.

plegarias vanas,
plegarias obscenas,
guijarros en las rodillas,
una boca

sucia,
roja,
hecha trizas.

roja.

silencios largos,
silencios cortos.
vestida de sol,
sinfonía.

bajo el agua,
hecha.

noches largas,
noches cortas,
besos en los ojos,
un cuerpo ajeno bajo la falda.

noches frías,
noches olvidadas,
noches que no existen,
llanto junto a la boca.

alma impura,
verde,
amarilla.

ahogada,
desnuda de piel,

de infinitas formas,
contemplada,
existente,

soy

en todas partes,
de cualquier color,
primera,
ajena,
incompleta,
pero sobre todo
r o j a.

domingo, 3 de julio de 2016

La puta que vive bajo tierra

Soy salvaje,
asustada
y santa

bajo tierra
y en el culo del abismo.

Soy de hierro,
de cantos,
de cera y de hombres dormidos.

Soy madera de balsa,
soy casa,
soy lluvia

bajo el sol
y en un millón de eternidades.

Soy terrible,
indiscreta,
alabada y santa;

soy ruido
soy resaca
soy los verbos y la nada.

Soy y siempre soy;
soy lo que viene,
sirena cálida,
resentida
y santa.

Soy tanta 
de carne
flores y mantos;

soy la puta santa
que vive bajo tierra.

sábado, 2 de julio de 2016

Dos de silencio

Comemos silencio
soñamos silencio
anhelamos silencio
y cuando nos vamos:
silencio.
Y nos decimos
que somos reales
y que nuestra mera existencia
apacigua el sonido,
y nos mentimos
como si fuera realidad absoluta
que existimos
y que nos puede reparar el silencio

cuando ni vacío
ni cuerpo
se nos va la vida
creyendo
cayendo
callando
y lo único absoluto
(además de el yo)
es que no existe
ni un poco

(ni cuando termina el lamento
ni cuando se mueren los poemas,
ni cuando cruzamos las almas,
nos quedamos mirando
y nos ignoramos)

no existe
no existe
tal cosa llamada
"silencio".

lunes, 27 de junio de 2016

Los labios se hunden siempre en el mismo lugar. Por arriba, donde se juntan tímidamente como un par de peces amodorrados. Por abajo, como los huecos de la luna, escondidos. Siempre en el mismo lugar, cuando están secos y necesitan que se les posen las mariposas y los reflejos del jarabe para la tos.

sábado, 25 de junio de 2016

Hijos de nadie

Salimos de casa
tan huecos, tan absurdos,
hijos de nadie, 
con las manos podridas
y los ojos recién nacidos.

Salimos de casa
nos hacemos ríos
nos pedimos flores.

Aguantamos 
con los dientes rotos
la garganta enredada,
las rodillas verdes,
los cuerpos burdos.

Salimos de casa,
tan ausentes, tan locos,
hijos de nadie,
con la muerte detrás de la lengua;
hijos de dioses,
que repudian la eternidad.

Y salimos de casa, 
nos hacemos ríos,
nos pedimos flores,
y nos consumimos
en flores y en ríos.

Con las ropas sueltas, sueltas
el último adiós furtivo
y te dejas la luna en la cara
y las muñecas claras, tersas
y en las muñecas marcas, marcas
de la sed de tu dios mendigo.

viernes, 17 de junio de 2016

Ropa de nadie

I

Si venimos, vas
y si nos vamos nos morimos de terror.

Mientras te vas
bebemos,
y nos beben,
y nos quitan la ropa

Se comen el aire
vienen
y nos morimos de terror.

Y te vas
y no me encuentro 
y no puedo beber.

No puedo, no puedo

No puedo romper 
mi vestido.

No puedo bailar
descalza.

No puedo irme
No puedo pasarme el cepillo.

II

Y si vienes, voy
y si me voy
no me encuentro,
y si te vas

nos morimos de terror.


jueves, 9 de junio de 2016

El enfermo

Se llevaron al niño a las tres de la mañana, dormido, metido en una fea carroza para que nadie supiera quién, de dónde o a dónde viajaba. 

A las cuatro de la tarde uno de los perros del rey había metido la cabeza por el hueco de la conejera, alcanzando con los dientes al animalillo más blanco de todos. La paja en el suelo estaba brillante de rojo cuando el conejero se dio cuenta. Le dijo al rey en la audiencia de las cinco de la tarde. No recibió respuesta, ni un resoplido, ni la acostumbrada cabezada que daba por terminada la audiencia.

A las diez de la mañana el niño despertó. Rezó como todos los días, comió como todos los días, salió a los jardines como todos los días. No había sudores ni rastro de su frecuente dolor.

A las siete de la mañana el rey visitó a su hijo, que balbuceaba aún en sueños, enredado entre las sábanas. Lo miró con cuidado y se dijo que esa criatura de mejillas hundidas sería quien al final del camino tomaría su lugar en el trono, comería de su lado de la mesa y escucharía las mismas solicitudes de unos súbditos extraños y nuevos. 

"No, no, no te lo comas. Déjalo, aléjate de mi conejo. No. No... deja deja DEJALO" El niño empezó a llorar en sueños, el padre le puso la mano en la frente, sin saber que hacer. 

Las fiebres estaban empeorando.

A las once de la noche el médico revisaba al niño, con aparatitos extraños y la mano desnuda puestos en su carita. Sudaba, se retorcía, estaba enfermando de nuevo.

"Por favor, por favor favor favor... no mates a mi papá, no lo mates, no lo NO LO MATES".

A las tres de la mañana se llevaron al niño, dormido, metido en una fea carroza para que nadie supiera quién, de dónde o a dónde viajaba. A las cuatro, en una casita muy muy lejos del castillo, una bruja de boca arrugada vaciaba tres gotas de agua turbia en la boca del niño dormido.

Regresaron al castillo a las cinco de la mañana, pero ni a las seis, ni a las diez ni a las doce o la una de la tarde el niño volvería a despertar. No para rezar, o para comer, o salir al jardín y hacer que estaba curado, como todos los días.

miércoles, 8 de junio de 2016

Cuerda

Impío en lo profundo,
de tu creación y tus brotes redondas,
me dejo las uñas y,
como sueño al mundo
me provoco arcadas

me curo, me dejo,
broto.

A lado de un vivo,
sobre las muelas,
bajo los riñones, 
florecen los críos
que mueren 
de frío

y se pierden,
y te pierdo,
y yo
como sueño al mundo
me provoco arcadas.

Fluyo, fluyo
desde mi creación,
desde la tierra,
y me dejo la boca
con la boca
del universo.

Y como un cuerdo
te enredo
te respiro,
desde la luz de tu rebrote fiambre.

Y yo 
insano,
frágil,
sueño al mundo: aberración
y como sueño al mundo
me provoco arcadas.

viernes, 15 de abril de 2016

A un eterno

Bello eterno
bravo,
ojos,
todo fiero.

Y caos,
y silencio,
y el bello eterno
brujo

y su silencio,
sus pupilas pacientes

y su silencio
y su distancia
la sinfonía
de la suerte.

Bello, eterno
suave,
gris,
todo invierno.

Abraza
abrasa,
muerde
y su silencio

y su voz
toda espuma.

y su tez,
y el verano
todo adiós,
todo humano.

Y él
bello eterno
claro,
amorfo,
alto
tan alto

tan eterno
tan silencioso.




sábado, 9 de abril de 2016

Sangre en tu nombre

El mundo estaba en llamas. Las casitas de madera caían a pedazos, los animales corrían asustados lejos del fuego y la gente peleaba, gritaba, moría con una espada plateada atravesándole el pecho. Era un ejército contra una pequeña aldea, era el miedo más despiadado de los humanos contra brujos inocentes. Eran inocentes, pero Lazarus no se atrevió a decirlo ante su perdido y cobarde emperador, quien había enviado a todos sus soldados a saquear la aldea y asesinar con su propio acero a casi un centenar de personas.

Eran inocentes, salvo uno de ellos. Tenía ojos verdes, bravos, llenos de culpa cuando salir de entre los escombros se encontraron con los negros y crueles de Daniel Lazarus. Era una mujer muy menuda, hermosa, con ropas sucias, y llevaba en los brazos el cuerpo de una niña.

“Lazarus…” 

Suplicó clavando las rodillas en el suelo. Lloraba. Él se arrodilló a su lado y en ese momento pensó que era la criatura más bella en el mundo. Le acarició el rostro, con los pulgares intentó secar las lágrimas de sus mejillas y la miró tanto a los ojos como le fue posible. Nunca se había sentido más maldito.

“Lazarus, Lazarus, Lazarus”. 

La guerra se convertía a su alrededor en una carnicería, pero durante un pequeño instante sólo existieron ellos dos. Lazarus la besó y se acercó a ella como jamás se había acercado a nadie, le tomó el cabello, le abrazó el alma. Sus bocas ardieron como las casas a su alrededor y luego él, con la delicadeza que nunca tiene un guerrero, sacó de entre sus ropas una daga larga como sus manos cuyo mango tenía la forma de un dragón, y con ella atravesó las costillas de esa a la que tanto había amado.

Los ojos verdes y bravos se abrieron mucho justo antes de apagarse, sin más, su cuerpo cayó sobre 
la tierra con un ruido sordo y la sangre comenzó a extenderse por todo el blanco de su vestido. Él vació sus pulmones en un grito de angustia y una niña lloró a su lado con el rostro hundido en el suelo.

Despertó empapado de sudor sobre un colchón de paja, en una tienda de tela cuya única iluminación era la llama moribunda de una vela en el suelo, para descubrir con horror que los mismos ojos que en su sueño se extinguieron le miraban con desprecio desde arriba.

Instintivamente se arrastró hacia atrás hasta que tuvo la fuerza suficiente para ponerse de pie. Sintió su corazón salírsele del pecho, su cuerpo tembloroso. El miedo le heló los huesos cuando descubrió que esa noche, después de diez años de terrores nocturnos, la pesadilla no desapareció al despertar. Estaba dentro de su tienda.

“¿B-bea?” Susurró. Tardó un largo momento en darse cuenta de que ella no era Bea. Sus rasgos eran más toscos, su nariz estaba torcida, tenía el cabello corto como el de los hombres.

“Bea está muerta” Respondió la mujer con una voz fría que nunca había escuchado. Y, si bien su voz era inexpresiva, en sus ojos brilló la tristeza. Por un segundo Lazarus vio a una niña. Una niña frágil e indefensa, inconsciente en los brazos de su madre.

“De cualquier forma estaría muerta. Ellos la hubieran asesinado. Nadie viv…”

El acero relampagueó contra su mejilla antes de que pudiera terminar de hablar, un líquido caliente resbaló por su cara y llegó a sus labios con el sabor de la sangre. Luego llegó el dolor, tan agudo que le hizo gritar y encogerse sobre sí mismo.

Cuando pudo abrir los ojos, vio a la mujer sosteniendo en su mano derecha una daga manchada de rojo cuyo mango tenía la forma de un dragón. Recordaba esa arma, larga como sus manos, impregnada en sangre cuando en el suelo la soltó a lado del cuerpo sin vida de Bea.

“Oh, Lazarus. Tienes tanta sangre en tu nombre”, dijo ella mientras le ponía la mano libre en la mejilla. Intentó extender sus manos, alcanzar su espada, defenderse… pero sus músculos estaban tensos y sentía la creciente desesperación de haber perdido el control de su propio cuerpo. 

Ella lo tendió sobre su colchón de paja, casi con delicadeza. Tenía las manos pequeñas, suaves, y ardieron como fuego cuando tocaron la herida en su rostro y limpiaron la sangre torpemente. Lazarus ni siquiera pudo gritar, estaba paralizado, a merced de esa mujer con ojos verdes, bravos y amargos.

“Lazarus, tienes miedo. ¿Por qué tienes miedo?”

Sintió el peso de la mano femenina separarse de su rostro, y le vio usar la misma daga con mango de dragón para abrir la piel de su desnudo antebrazo. La sangre brotó rápidamente y cayó sobre la boca y barbilla de Lazarus. Tomó luego de entre sus ropas una flor, que en las sombras parecía ser azul como el cielo nocturno, y la metió en la boca del hombre inerme.

Poco después la tienda se encendió en llamas y la mujer desapareció, dejando un rastro de sangre por todo su camino hasta el bosque. Fue cuando el fuego tocó los pies de Lazarus que pudo moverse de nuevo. Gritó desesperado, pidiendo auxilio. 

Antes de que las primeras luces aparecieran en el cielo el campamento dejó sus tiendas.

Esa noche, después de diez años de terrores nocturnos, la pesadilla cambió: había soldados a su alrededor, todos lo miraban y apagaban los últimos rastros de fuego a pisotones. Le gritaban, lo golpeaban e insistían en que hablara, pero él sólo podía balbucear.

Horas después, al despertar, se encontró en medio del humo y el silencio que queda en el campo cuando un ejército se va. A pesar de que los rayos de sol le abrasaban la piel, cada uno de sus intentos por abrir los ojos y ver, se vio frustrado por una inmensa oscuridad.

“Lazarus… Lazarus…
Estás maldito.

Y ciego”.