miércoles, 12 de junio de 2013

El invierno cae así como todas las hojas, sólo el viento que las lleva sabe a donde pararán.
Ojalá algún día pudiese saber a donde se fue tu voz, porque te marchaste tan de prisa que a penas descubro tu ausencia.
Y mientras te pierdes en la tierra, mientras reprimo suspiros, me puedo dar cuenta que las calles ya no huelen a flores, -Pero en realidad -pienso- ¿cuándo lo hicieron?

"Una vez, una sola, dulcemente amoroso,
en mi brazo tu brazo
se apoyó. (De mi alma el fondo tenebroso
guarda el pálido trazo.)"

Mis manos se mecen sobre mis piernas, ansiosas, como si tuvieran que aferrarse a algo, algo que es tan sólido como tus manos.
No eres la primera persona que se va, mis ojos están ya bien acostumbrados al llanto.
Leeré las viejas cartas, acariciaré recuerdos y dejaré que mis silencios sangren, porque solo así se alivian las pérdidas.
 Miro hacía arriba, porque el suelo, que es gris como mi alma, ya no me dice nada. Un arbol protege mi cabeza, tan seco y triste que deja caer su última flor blanquecina.
¿Es que el la tierra comparte mi pesar? ¿o es solo el clima que eriza la piel de mis brazos desnudos?
-Ojalá -pienso- que te despierte en las noches el calor de mis sueños, y por las tardes, la más pequeña ráfaga de viento, despeine tu cabello y se lleve mi alma.










domingo, 9 de junio de 2013

Poesía triste

El calor que me abraza las rodillas, 
las frágiles miradas,
y el tacto distante de una sonata.
Solo eso siento, solo eso muestro.

Aquellos gestos, aquellas luces,
que atraviesan las sombras,
las campanas goteantes,
que dejan caminos de sangre vibrante.

No hay muertos, no por la mañana.
Solo un dejo de luz
entre los ojos agrietados,
las manos doradas,
las rosas que crecen amarillas
entre las plantas de los pies.

-Sin esperarlo resuena
sobre el silencio no tan amigo,
un suspiro, en mi abrigo escondido-

A la distancia,
cuando los pasos dejan de resonar,
el viento silencia a las luces,
al lastímero maullar
de la hojarasca en el suelo.
Por lo bajo,
siento solo una caricia,
y las voces, que corriesen como un rio
quebrantan las rocas, las hieren,
o tal vez tan solo las matan.

Entre tus tibias pestañas,
se encuentran luciérnagas blancas,
abrazos y hielo.
Desdeñan el rostro,
cantan luz de luna y tocan la viola.

-De nuevo a mi llega
el cantar de un alma cansada
más triste, más frio-

Y solo me alejo,
con llantos sonoros.
Preocupada en el calor
que me abrazaba las rodillas,
aquellas frágiles miradas,
y el tacto distante de una sonata.